El último enemigo de Richard Hillary
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Cómplices editorial publica este clásico ambientado en la segunda guerra mundial en los días de la batalla aérea de Inglaterra.
Al hablar de “El último enemigo” es imposible no hacerlo sin comentar la biografía del autor, no sólo porque está basada en sus propias experiencias y lo escribió mientras se recuperaba de las heridas que le dejaron desfigurado, sino porque, alpoco tiempo, falleció en un accidente de aviación, con 23 años y sin llegar a ver el fin de la guerra.
Una mirada superficial podría hacer pensar que esta es la típica novela bélica: Hillary, con una madurez sorprendente, nos relata sus días de Oxford, describe a sus amigos, la mayoría de los cuales murieron antes que él y cuenta con agilidad su ingreso en la RAF y los posteriores entrenamientos hasta llegar a los combates. Todo muy normal, aparentemente convencional o clásico, pero en el fondo nos está contando también otra historia. La de un egocéntrico inteligente, el propio autor, indiferente al mundo y a sus crueles circunstancias que acaba descubriendo un sentimiento del que carecía: la empatía hacia los demás seres humanos en un proceso doloroso que adquiere pleno significado en las últimas páginas y que hace muy diferente este valiosísimo trabajo de tantas otras obras sobre dicha guerra.
Con un esclarecedor prólogo de Miguel Sáenz, “El último enemigo” que con los años se ha convertido en un pequeño mito, tal vez adolezca en algún momento de las imperfecciones propias de un debutante en cuanto a construcción, estructura o algunas expresiones, pero su profundidad, su hondura, la unión de dinamismo y densidad, el retrato de este Londres continuamente bombardeado y a la vez pletórico de vida, el magistral retrato de su convalescencia o ese impactante arranque en el que narra como fue derribado y pasó varias horas herida, y quemado, en las aguas del Mar del Norte, entre otros aciertos, hace que nos encontremos ante una pequeña joya que trasciende los tópicos del género bélico al mismo tiempo que puede atraer perfectamente a todo aficionado a la literatura de la II guerra mundial.
Un libro muy singular y una demostración, tal vez inconsciente, de la ética de su precoz autor, que realizó un trabajo tan conciso como preciso.




